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El desafío de conservar los tesoros de la Tumba 7 de Monte Albán
nacional - 2019-09-12
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El desafío de conservar los tesoros de la Tumba 7 de Monte Albán


Buena parte de las piezas restauradas se aprecia en la renovada Sala El lugar de los ancestros, del Museo de las Culturas de Oaxaca.

En seis años, un equipo dirigido por la experta Sara Fernández, de la CNCPC, ha intervenido más de 230 objetos hechos con materiales considerados sagrados en la época prehispánica.


El enlace entre un señor de la dinastía de Zaachila y una señora mixteca, celebrado hace más de 730 años, es el origen del tesoro “más rico de América”, como describió el arqueólogo Alfonso Caso a los extraordinarios objetos de la Tumba 7. Recientes estudios, han arrojado que en realidad se trata de variadas ofrendas, en correspondencia a los bultos sagrados que fueron dispuestos en la cámara funeraria de la ciudad zapoteca de Monte Albán.

Después de dedicar seis años en la conservación de este acervo, la restauradora perito Sara Eugenia Fernández Mendiola, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), expresa que la intervención de esta colección representa un desafío, en virtud de que posee “todos los materiales considerados sagrados en la época prehispánica”: oro, plata, cristal de roca, jade, turquesa, concha, caracoles, obsidiana, azabache, ámbar, perlas…

Llevo varios años trabajando en la conservación arqueológica y, si bien cada colección es un reto, ¡Tumba 7!... es… de verdad… imponente, porque su importancia recae sobre muchas aristas. La increíble variedad de materiales constitutivos y objetos ornamentales son un ‘tesoro’ trascendental para la historia de las sociedades, la arqueología y la conservación, no sólo mexicana sino mundial. Por donde se mire es un trabajo que, para emprenderlo, requirió de muchos estudios y análisis previos”.

A partir de ellos, es que la experta de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC) ha restaurado, junto con otros colegas, 231 piezas elaboradas con los materiales mencionados; así como 67 collares formados por cuatro mil 760 cuentas de variados elementos. Esta cantidad equivale a casi la mitad de los más de 600 objetos recuperados de la mítica tumba.

En 2014, se emprendió la primera temporada de campo, y por campo debe entenderse a las gruesas paredes del Ex Convento de Santo Domingo de Guzmán, sede del Museo de las Culturas de Oaxaca. Cada año, durante varias semanas, los restauradores acompañan a personal de museografía, de registro de bienes arqueológicos y de seguridad, para el retiro de la vitrina de las piezas seleccionadas y su traslado al área de conservación del propio recinto museístico, bajo un exigente protocolo, acorde con su carácter de bienes nacionales.

Ofrendas a los ancestros

Los 231 objetos intervenidos ya se pueden admirar en la renovada Sala III del museo: Tumba 7. El lugar de los ancestros, titulada así porque, a casi 90 años del hallazgo, nuevos estudios en los que han participado investigadores de la Universidad de Harvard y del INAH, como la doctora Nelly Robles García, indican que los mixtecos eligieron este recinto como una cueva o cahua, lugar sagrado de entrada al inframundo y de inicio de la vida.

Esto sucedió entre 1200 y 1400 d.C., cuando los mixtecos bajaron de su territorio para celebrar alianzas con los zapotecos de los Valles Centrales, en este caso mediante el matrimonio del señor 5 Flor, de la dinastía de Zaachila, con la princesa del reino mixteco de Teozacualco, la señora 4 Conejo “Quetzal”, quien se presume reutilizó la Tumba 7 (originalmente usada por lo zapotecos de Monte Albán en el primer siglo de nuestra era) como un santuario, ahí se depositaron los tnani, envoltorios de manta que agrupaban reliquias de ancestros con efigies de deidades y objetos de gran valor.

La restauradora Sara Fernández señala que esta nueva hipótesis explica que el “tesoro” de la Tumba 7 en realidad se compone de conjuntos de objetos que fueron hallados por Caso, en enero de 1932, en un “aparente caos” tras haberse degradado su envoltorio.

La especialista, responsable del Proyecto de Conservación de los Tesoros de la Tumba 7 de Monte Albán, precisa que por ello Caso y su equipo, entre ellos su esposa María Lombardo, reintegraron algunas de las piezas, probablemente sin conocer su disposición original, y de lo cual él mismo dejó testimonio: “todos los collares fueron ensartados por nosotros”.

Aunque la configuración original de algunas de estas prendas elaboradas por los mixtecos permanece desconocida, la restauradora refiere que la presencia de varias placas tubulares y semicirculares con múltiples perforaciones, cumplían la función de sujetar varios hilos para articularlos en una misma pieza, denotando la existencia de indumentaria que combinaba cuentas de distintos materiales, formas y tamaños, logrando elementos únicos de una gran riqueza estética y simbólica.

Procesos de conservación

Sara Fernández precisa que esta colección ha sido intervenida por lo menos en tres ocasiones, las cuales han sido documentadas: en 1932, en el momento de su hallazgo; en 1976, por el Departamento de Restauración del Patrimonio Cultural; en 1994, por la CNCPC; y en la actualidad, por este nuevo proyecto, el cual engloba el estudio, registro, restauración y conservación preventiva del acervo.

El análisis del estado actual de conservación de todos los objetos, se realiza a través de inspecciones macro y microscópicas, así como con la toma de peso y medidas, así como la descripción de los personajes y símbolos que poseen. La recopilación de estos datos ha permitido identificar y mitigar diversos procesos y productos de alteración en los mismos.

Para el análisis de las piezas se utilizan métodos instrumentales como fotografía digital, lentes de aumento y rayos X. Con equipos portátiles se efectúan tomas de placas radiográficas, cuyos resultados indican los deterioros y detalles de las técnicas de fabricación, imperceptibles a simple vista.

“El diagnóstico arrojó deterioros superficiales y estructurales, los cuales afectaban la materialidad de las piezas, entre ellos, restos de concreciones de tierra y velos salinos, generados durante el tiempo que estuvieron depositadas en la cámara funeraria. Tales sedimentos fueron parcialmente removidos en trabajos de limpieza anteriores, pero algunos permanecían adheridos e interferían en su apreciación”, explicó la restauradora.

En el caso de las piezas con aleaciones de oro, plata y cobre, se identificaron productos de corrosión —derivados de factores naturales y humanos— que impedían admirar los detalles y sus propiedades de color, poder reflectante, acabado pulido y decoración.

Conforme las necesidades propias de cada objeto, los deterioros fueron atendidos mediante diversos métodos de limpieza, generando la recuperación de las características formales y atributos de estos ornamentos metálicos, cuyo valor para las culturas mesoamericanas —precisó la especialista— “recaía en lo inmaterial, pues se les consideraban místicas encarnaciones o representaciones de las divinidades”.

Otros procesos de conservación realizados en la colección, fueron la renovación de adhesivos en la unión de fragmentos y de resanes estructurales de las piezas, para lo cual se usan diferentes pastas y resinas sintéticas que son compatibles e inocuos a los materiales constitutivos.

Las piezas ya que se encuentran expuestas de forma permanente en el museo, y a fin de facilitar su apreciación y lectura al público, se reintegró color sobre las intervenciones, procurando un terminado homogéneo en cada una. Por último, y para prevenir el contacto con la humedad, el polvo y los contaminantes que se encuentran en el medio ambiente o durante su manipulación, se aplicaron capas de protección específicas.

Fernández Mendiola concluyó que este arduo proceso de conservación busca prolongar la permanencia de estos maravillosos objetos mixtecos “que nos muestran las circunstancias históricas, sociales y tecnológicas, así como el talento de sus creadores, cuyos herederos continúan brindado su majestuoso arte”.


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