REVALORAN VOCACIÓN DE LOS MUSEOS NACIONALES DE ANTROPOLOGÍA Y DE HISTORIA
_ La polÃtica cardenista “por hacer del arte una función didáctica†inclinó la balanza para que los discursos museográficos de ambos recintos no fueran de carácter estético
La creación de ambos partió de una discusión entre la intelectualidad y la voluntad de varios artistas, quienes pusieron su obra en favor de la divulgación antropológica
Los museos nacionales de Historia y de AntropologÃa fueron pensados desde sus inicios para cumplir con propósitos de divulgación y no como museos de arte. La polÃtica cardenista “por hacer del arte una función didáctica†inclinó la balanza para que los discursos museográficos de ambos espacios no fueran de carácter estético, puntualizó el historiador Salvador Rueda Smithers.
Al participar en el ciclo de conferencias La Plaza Principal, su entorno y su historia, que se lleva a cabo en el Museo del Templo Mayor, el historiador recordó que la creación de ambos espacios museÃsticos partió de una discusión entre la intelectualidad de los años 30 —entre ellos algunos ateneÃstas como el arqueólogo Alfonso Caso—, asà como de la voluntad de varios artistas, quienes pusieron su obra en favor de la divulgación antropológica.
Tal concepción del discurso museográfico está ligada a la semilla del proyecto intelectual del Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia (INAH), que este año conmemora 75 años, de la que derivaron los dos museos que son emblema del paÃs, refirió el también director del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.
En las salas de ambos recintos e incluso en sus espacios abiertos, domina “la explicación de las sociedades del pasado y no las conjeturas sobre el espÃritu creador del artista. No es en balde la frase de Octavio Paz de que Coatlicue es al mismo tiempo diosa, demonio y obra maestra. La sonrisa de la Gioconda y la de Coatlicue —se pensó— pudieran estar juntas. No es contradicción, pero sà es singularidad mexicanaâ€.
El investigador señaló que “en México la historia es una pasión, por eso no es anacrónica†y quienes trabajan del INAH la han comprendido como “un orbe de sÃmbolosâ€, de ahà que en sus museos conviven lo mismo “herramientas y obras de arte, que cosas útiles y funcionales, obras suntuosas, objetos hechos para el disfrute y utilidad para los vivos y creaciones destinadas a los dioses y a los muertos en los espacios funerariosâ€.
En ese sentido, la intervención de grandes artistas como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Juan O’Gorman, por ejemplo, en los muros del Castillo de Chapultepec, obedeció a una polÃtica cardenista, “por hacer del arte una función didáctica. Esta idea inclinó la balanza para que los discursos museográficos fueran antropológicos e históricos, y no estéticosâ€.
Además de la repartición de tierras y la defensa del petróleo —continuó Salvador Rueda en su ponencia Museos y arte—, el proyecto de nación, encabezado por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, también emprendió la protección de otros de los bienes hallados en el subsuelo: los arqueológicos, testimonios de las culturas pasadas.
Rueda destacó que sólo 38 palabras, frases contundentes, fueron destinadas a la creación del INAH: “Se creó el Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia, con el objeto de prestar mayor atención al estudio cientÃfico de las razas indÃgenas y a las exploraciones, conservación y restauración de los monumentos arqueológicos existentes en el paÃsâ€.
Alfonso Caso, su primer director, destacarÃa en febrero de 1939 que el objetivo del Instituto serÃa “estudiar las cuestiones americanas, desde el punto de vista americanoâ€. En cascada se tomarÃa la decisión de separar las colecciones del Antiguo Museo Nacional, las históricas se llevarÃan al Castillo de Chapultepec y con las arqueológicas se refundarÃa el Museo Nacional de AntropologÃa, en su vieja sede de la céntrica calle de Moneda.
Fue en el territorio de los museos “donde se decidió la manera en que se interpretan las grandes piezas, las que son emblemáticas del pasado indÃgena. Para la vocación de los museos hubo que decidir entre dos perspectivas: la cientÃfica y la estética, entre museos de arte o de antropologÃa e historiaâ€, concluyó.
La creación de ambos partió de una discusión entre la intelectualidad y la voluntad de varios artistas, quienes pusieron su obra en favor de la divulgación antropológica
Los museos nacionales de Historia y de AntropologÃa fueron pensados desde sus inicios para cumplir con propósitos de divulgación y no como museos de arte. La polÃtica cardenista “por hacer del arte una función didáctica†inclinó la balanza para que los discursos museográficos de ambos espacios no fueran de carácter estético, puntualizó el historiador Salvador Rueda Smithers.
Al participar en el ciclo de conferencias La Plaza Principal, su entorno y su historia, que se lleva a cabo en el Museo del Templo Mayor, el historiador recordó que la creación de ambos espacios museÃsticos partió de una discusión entre la intelectualidad de los años 30 —entre ellos algunos ateneÃstas como el arqueólogo Alfonso Caso—, asà como de la voluntad de varios artistas, quienes pusieron su obra en favor de la divulgación antropológica.
Tal concepción del discurso museográfico está ligada a la semilla del proyecto intelectual del Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia (INAH), que este año conmemora 75 años, de la que derivaron los dos museos que son emblema del paÃs, refirió el también director del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.
En las salas de ambos recintos e incluso en sus espacios abiertos, domina “la explicación de las sociedades del pasado y no las conjeturas sobre el espÃritu creador del artista. No es en balde la frase de Octavio Paz de que Coatlicue es al mismo tiempo diosa, demonio y obra maestra. La sonrisa de la Gioconda y la de Coatlicue —se pensó— pudieran estar juntas. No es contradicción, pero sà es singularidad mexicanaâ€.
El investigador señaló que “en México la historia es una pasión, por eso no es anacrónica†y quienes trabajan del INAH la han comprendido como “un orbe de sÃmbolosâ€, de ahà que en sus museos conviven lo mismo “herramientas y obras de arte, que cosas útiles y funcionales, obras suntuosas, objetos hechos para el disfrute y utilidad para los vivos y creaciones destinadas a los dioses y a los muertos en los espacios funerariosâ€.
En ese sentido, la intervención de grandes artistas como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco y Juan O’Gorman, por ejemplo, en los muros del Castillo de Chapultepec, obedeció a una polÃtica cardenista, “por hacer del arte una función didáctica. Esta idea inclinó la balanza para que los discursos museográficos fueran antropológicos e históricos, y no estéticosâ€.
Además de la repartición de tierras y la defensa del petróleo —continuó Salvador Rueda en su ponencia Museos y arte—, el proyecto de nación, encabezado por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, también emprendió la protección de otros de los bienes hallados en el subsuelo: los arqueológicos, testimonios de las culturas pasadas.
Rueda destacó que sólo 38 palabras, frases contundentes, fueron destinadas a la creación del INAH: “Se creó el Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia, con el objeto de prestar mayor atención al estudio cientÃfico de las razas indÃgenas y a las exploraciones, conservación y restauración de los monumentos arqueológicos existentes en el paÃsâ€.
Alfonso Caso, su primer director, destacarÃa en febrero de 1939 que el objetivo del Instituto serÃa “estudiar las cuestiones americanas, desde el punto de vista americanoâ€. En cascada se tomarÃa la decisión de separar las colecciones del Antiguo Museo Nacional, las históricas se llevarÃan al Castillo de Chapultepec y con las arqueológicas se refundarÃa el Museo Nacional de AntropologÃa, en su vieja sede de la céntrica calle de Moneda.
Fue en el territorio de los museos “donde se decidió la manera en que se interpretan las grandes piezas, las que son emblemáticas del pasado indÃgena. Para la vocación de los museos hubo que decidir entre dos perspectivas: la cientÃfica y la estética, entre museos de arte o de antropologÃa e historiaâ€, concluyó.