Cocina nahua de San Mateo Almomoloa preserva memoria colectiva, según etnografía
_ La cocina tradicional de San Mateo Almomoloa, comunidad del municipio de Temascaltepec, en el Estado de México, funciona como un espacio de transmisión de la memoria colectiva entre la población nahua, de acuerdo con una etnografía realizada por el antropólogo Daniel de Jesús Contreras, académico de la Universidad Autónoma del Estado de México.
El investigador presentó sus hallazgos durante la reciente sesión del Seminario Internacional de Cocinas, coordinado por las investigadoras del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Yesenia Peña Sánchez y Lilia Hernández Albarrán, adscritas a la Coordinación Nacional de Antropología.
En su exposición, Contreras explicó que la memoria culinaria en esta localidad se articula con la identidad, las emociones, los conocimientos y las prácticas culturales de sus habitantes. Según datos de la propia comunidad, 51.73 por ciento de la población tiene ascendencia indígena, aunque solo 25.88 por ciento es hablante de náhuatl.
El antropólogo detalló que la memoria culinaria en San Mateo Almomoloa se expresa en cinco ejes: nostalgia y pasado, memoria encarnada, dimensión emocional, sensorialidad y materialización de la memoria. En el primero, señaló, existe una añoranza por alimentos tradicionales que han sido desplazados por la modernidad, como hongos, quelites, combas —una variedad de frijol— y chilacayotes.
El segundo eje, la memoria encarnada, se refiere a que el conocimiento culinario reside en el cuerpo de quienes preparan los alimentos, pues determinan el punto exacto de una masa o un atole con base en el tacto y la vista, sin depender de medidas escritas. En cuanto a la dimensión emocional, la comida evoca tanto felicidad como dolor: puede recordar celebraciones familiares y convivencias comunitarias, pero también pérdidas, duelos y épocas de escasez.
La sensorialidad, por su parte, alude a que los olores, colores, sabores y sonidos durante la preparación de alimentos activan recuerdos profundos, conectando con la infancia o con episodios de bienestar. Finalmente, la materialización de la memoria establece una relación afectiva con espacios como la milpa o el monte, y con objetos heredados como tortilleras, cazuelas o el fogón, trascendiendo su utilidad práctica.
El investigador también abordó símbolos de identidad cultural de los nahuas de San Mateo Almomoloa, como el uso del tequesquite en la preparación de quelites o atole negro de maíz azul, y la cocina de humo. Aunque la modernidad ha introducido las estufas de gas, el fogón sigue usándose por su eficiencia para guisar grandes cantidades de alimentos y porque aporta un sabor que la comunidad reconoce como propio. “Para los nahuas, representa el centro del universo, es lo que permite su reproducción biológica y cultural. Ahí se procesan los alimentos, se cuentan historias y también se configura la memoria”, expresó.
La antropóloga Hernández Albarrán señaló que este trabajo permite recordar que la alimentación no tiene sentido si no se vincula con el territorio y la memoria, porque están íntimamente relacionados. “Tiene qué ver con cómo las comunidades se han desarrollado en cierto entorno, y cómo generan memoria e identidad con base en él y en el conocimiento para aprovechar los recursos”, afirmó.
Por su parte, la investigadora Peña Sánchez indicó que el modelo trabajado por el autor es específico respecto a la relación con las narrativas que las personas integran en torno a sus espacios, relatos y paisajes. “Esos recuerdos se van a retomar para significarlos, representarlos y, en su momento, recrearlos y generar innovaciones dentro de la tradición y los soportes materiales que sostienen la memoria biocultural y emocional, que se materializa en el cuerpo-persona-comunidad”, dijo.
La próxima sesión del Seminario Internacional de Cocinas se realizará el 1 de septiembre de 2026, a las 11:00 horas, con la participación del antropólogo Charles-Édouard de Suremain, del Museo Nacional de Historia Natural de París, Francia, quien ofrecerá la ponencia “¿Una comida perturbadora? El contraejemplo patrimonial del apthapi en Bolivia”. La transmisión será a través del canal de YouTube de la Coordinación Nacional de Antropología.
El investigador presentó sus hallazgos durante la reciente sesión del Seminario Internacional de Cocinas, coordinado por las investigadoras del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Yesenia Peña Sánchez y Lilia Hernández Albarrán, adscritas a la Coordinación Nacional de Antropología.
En su exposición, Contreras explicó que la memoria culinaria en esta localidad se articula con la identidad, las emociones, los conocimientos y las prácticas culturales de sus habitantes. Según datos de la propia comunidad, 51.73 por ciento de la población tiene ascendencia indígena, aunque solo 25.88 por ciento es hablante de náhuatl.
El antropólogo detalló que la memoria culinaria en San Mateo Almomoloa se expresa en cinco ejes: nostalgia y pasado, memoria encarnada, dimensión emocional, sensorialidad y materialización de la memoria. En el primero, señaló, existe una añoranza por alimentos tradicionales que han sido desplazados por la modernidad, como hongos, quelites, combas —una variedad de frijol— y chilacayotes.
El segundo eje, la memoria encarnada, se refiere a que el conocimiento culinario reside en el cuerpo de quienes preparan los alimentos, pues determinan el punto exacto de una masa o un atole con base en el tacto y la vista, sin depender de medidas escritas. En cuanto a la dimensión emocional, la comida evoca tanto felicidad como dolor: puede recordar celebraciones familiares y convivencias comunitarias, pero también pérdidas, duelos y épocas de escasez.
La sensorialidad, por su parte, alude a que los olores, colores, sabores y sonidos durante la preparación de alimentos activan recuerdos profundos, conectando con la infancia o con episodios de bienestar. Finalmente, la materialización de la memoria establece una relación afectiva con espacios como la milpa o el monte, y con objetos heredados como tortilleras, cazuelas o el fogón, trascendiendo su utilidad práctica.
El investigador también abordó símbolos de identidad cultural de los nahuas de San Mateo Almomoloa, como el uso del tequesquite en la preparación de quelites o atole negro de maíz azul, y la cocina de humo. Aunque la modernidad ha introducido las estufas de gas, el fogón sigue usándose por su eficiencia para guisar grandes cantidades de alimentos y porque aporta un sabor que la comunidad reconoce como propio. “Para los nahuas, representa el centro del universo, es lo que permite su reproducción biológica y cultural. Ahí se procesan los alimentos, se cuentan historias y también se configura la memoria”, expresó.
La antropóloga Hernández Albarrán señaló que este trabajo permite recordar que la alimentación no tiene sentido si no se vincula con el territorio y la memoria, porque están íntimamente relacionados. “Tiene qué ver con cómo las comunidades se han desarrollado en cierto entorno, y cómo generan memoria e identidad con base en él y en el conocimiento para aprovechar los recursos”, afirmó.
Por su parte, la investigadora Peña Sánchez indicó que el modelo trabajado por el autor es específico respecto a la relación con las narrativas que las personas integran en torno a sus espacios, relatos y paisajes. “Esos recuerdos se van a retomar para significarlos, representarlos y, en su momento, recrearlos y generar innovaciones dentro de la tradición y los soportes materiales que sostienen la memoria biocultural y emocional, que se materializa en el cuerpo-persona-comunidad”, dijo.
La próxima sesión del Seminario Internacional de Cocinas se realizará el 1 de septiembre de 2026, a las 11:00 horas, con la participación del antropólogo Charles-Édouard de Suremain, del Museo Nacional de Historia Natural de París, Francia, quien ofrecerá la ponencia “¿Una comida perturbadora? El contraejemplo patrimonial del apthapi en Bolivia”. La transmisión será a través del canal de YouTube de la Coordinación Nacional de Antropología.
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