Hace más de cinco siglos, Paracelso dejó una máxima que hoy sigue guiando a la ciencia moderna: “la dosis hace el veneno”. Este principio resulta especialmente relevante al hablar del sodio, un elemento indispensable para regular el equilibrio de líquidos, la función muscular y la actividad nerviosa, pero que en exceso se convierte en un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares. La Organización Mundial de la Salud recomienda no superar los 2.000 mg de sodio al día —equivalentes a 5 gramos de sal—; sin embargo, la ingesta global promedio duplica esta cantidad, principalmente por el consumo de alimentos procesados y comidas preparadas.
Frente a este contexto, dos estudios recientes realizados en Francia y el Reino Unido analizaron qué ocurriría si la reducción de sal se aplicara directamente en alimentos preparados, sin depender del cambio voluntario de hábitos. Mediante modelos matemáticos, los investigadores estimaron que pequeñas disminuciones en productos de consumo cotidiano tendrían beneficios significativos en la salud pública. En Francia, reducir la sal en panes como las baguettes podría disminuir 0.35 gramos de sodio diario por persona y evitar hasta mil muertes cardiovasculares al año.
En el Reino Unido, las simulaciones arrojaron resultados aún más amplios. Si se cumplen los objetivos de reducción de sal en alimentos envasados y comidas para llevar, el consumo promedio podría caer un 17.5 %. A largo plazo, esto se traduciría en la prevención de 100 mil casos de enfermedad cardíaca isquémica y 25 mil accidentes cerebrovasculares en dos décadas. Los autores destacan que este enfoque es eficaz porque no depende de decisiones individuales, sino de transformar el entorno alimentario para que sea más saludable por defecto.
La evidencia científica muestra que disminuir la ingesta de sodio no solo reduce la presión arterial, sino también el riesgo de eventos cardiovasculares, mejora la elasticidad vascular y disminuye la mortalidad por enfermedades del corazón. No obstante, alcanzar estos beneficios requiere políticas coordinadas entre gobiernos, industria alimentaria y especialistas. Si bien la reducción en alimentos preparados evita el consumo involuntario de sodio, el resto depende de decisiones personales en el hogar, recordando siempre que la necesidad de sal varía según edad, actividad física y antecedentes de salud.