Regala Camerata Porteña noche de nostalgia y tango en el Palacio de Bellas Artes

Con tales deseos expresados por su director artÃstico Marcelo RodrÃguez Scilla, concluyó ayer miércoles la noche de nostalgia y tango que regaló al público mexicano la prestigiada Camerata Porteña de Argentina en su única presentación capitalina en el Palacio de Bellas Artes, como parte del XLIV Festival Internacional Cervantino.
Si bien el programa presentado por la agrupación bonaerense fundada en 1986 integró piezas de su fundador RodrÃguez Scilla y el guitarrista Alejandro Borgo, entre otros, el plato fuerte lo representó el amplio repertorio del compositor argentino Astor Piazzolla, presentado aquà por la Camerata Porteña, considerada de manera acertada como “la heredera de Piazzollaâ€.
Y es que el propio director de la Camerata asegura que esta se fundó por recomendación del propio Astor para rescatar un repertorio suyo, el cual no podÃa interpretar en su modalidad de quinteto. Fue asà que se formó la Camerata Porteña y dio a conocer muchas obras que hoy conforman su repertorio obligado.
Parte de ese legado es el que se interpretó, despertando suspiros y aplausos prolongados del público. La sesión inició con un momento gracioso cuando el grupo apareció en el escenario, frente a la enorme cortina de cristal del Palacio, y el saxofonista salió corriendo en busca de sus partituras olvidadas, momentos que se aprovecharon para afinar los instrumentos.
Libertango y la Primavera porteña fueron las pieza maestras de Piazzolla que abrieron el concierto, como un aviso de lo que serÃa la sesión: mucho tango, muchos recuerdos, mucha nostalgia y referencias constantes a Piazzolla, el compositor que revolucionó el tango cuando parecÃa que todo estaba escrito y lo llevó a la música clásica, para la incomodidad de los puristas de la época.
RodrÃguez Scilla y Borgo dieron lo suyo para beneplácito del público con piezas como Nuevamente,Preludio en la noche y Mirada ausente, las cuales no niegan la influencia y estilo de Piazzolla, con un toque caracterÃstico de sus autores.
En esa primera parte del concierto, la Camerata Porteña acudió al joven cantante de tangos Guillermo Ibáñez para recrear la poesÃa de Mario Trejo y Horacio Ferrer musicalizada por el propio Piazzolla en las canciones Los pájaros perdidos y El gordo triste, que llenaron la sala de cierta nostalgia.
Fuga y misterio, La muerte del ángel y Oda para un hippie fueron otras tres piezas de Piazzolla, caracterÃsticas de su etapa como compositor ya no de tangos o música clásica sino de música contemporánea, como él decÃa, las que cerraron la primera parte del recital, cuando ya el público se mostraba ansioso por seguir escuchando tangos.
Fiel a su palabra desde el inicio, RodrÃguez Scilla frente al piano y dirigiendo desde el banco, dio al público un recorrido por las diferentes etapas de composición de Piazzolla, aderezadas con las suyas propias.
Entre anécdotas y comentarios, llegó el Otoño porteño y DecarÃsimo, composiciones en la que lució la orquesta completa: piano, guitarra, contrabajo, tres violines, violonchelo, saxofón y el infaltable bandoneón del veterano Jorge Rutman, quien recibió constantes aplausos por su virtuosismo.
El clÃmax de la noche se prolongó constantemente con aquellas piezas con que Piazzolla incomodó a los puristas de su época y estuvieron un tanto olvidadas por un tiempo, aunque hoy son clásicas e infaltables en el repertorio del tango internacional: Oblivion, Balada para un loco, la deliranteAdiós Nonino y la frenética Onda nueve.
RodrÃguez Scilla contó que el bandoneonista argentino ganó un concurso en 1953 y se fue a estudiar a ParÃs, con Nadia Boulanger, con la idea de no volver a escribir tangos.
No obstante, su maestra le descubrió su verdadera vocación. Le dijo: eso que tú tocas, lo haces de maravilla, el tango. Piazzolla entonces volvió a componer tangos y en recuerdo RodrÃguez Scilla le escribió Sueño tango, una de las últimas de la noche.
Ante el aplauso del público, la Camerata Porteña volvió al escenario para ofrecer la vertiginosaEscualo, pieza en la que el compositor recreó la lucha entre un pescador y un tiburón, ya que era una de sus aficiones secretas.
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