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El inicio de relaciones México-Japón visto desde las vicisitudes de la ciencia, en lúdica exposición
nacional - 2019-08-12
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El inicio de relaciones México-Japón visto desde las vicisitudes de la ciencia, en lúdica exposición


Las calaveritas de Francisco Rivas regresan al Castillo de Chapultepec para contar otra historia del siglo XIX, en lienzos de colorido fieltro.

Entrelaza samuráis y shogunes con juaristas y lerdistas, para contar el inicio de las relaciones entre ambos países, a partir de un evento científico en 1874.


¿Quién dice que la historia es aburrida?, pregunta el arquitecto Francisco Rivas Penny, creador de pequeños esqueletos de fieltro de grandes cabezas con los que da “carne” y forma a múltiples personajes de otro siglo, para demostrar que la narración de nuestro devenir también es divertida.

A las calaveritas les ha construido maquetas en tres planos, también con fieltro de colores y telones de tul, que escenifican momentos simbólicos de sucesos ejemplares: su segundo montaje, titulado Venus en el país del Sol Naciente, es la historia de un viaje científico que unió a México y Japón y sentó las bases para que ambos países construyeran una relación de amistad y trato igualitario.

La muestra se presenta en el Patio de Escudos del Museo Nacional de Historia (MNH), Castillo de Chapultepec, dentro de un pequeño pabellón de madera inspirado en la arquitectura japonesa. Fue abierta al público esta mañana por el embajador de Japón en México, Yasushi Takase, y director del recinto museístico, el historiador Salvador Rueda Smithers.

El historiador dijo que los héroes científicos no son comunes en las páginas de la historia, aunque tal vez sean tanto o más valiosos que los otros; uno de ellos dejó impregnado su espíritu en este emblemático edificio, refiriéndose a Francisco Díaz Covarrubias, quien viajó en 1874 a Asia para avistar el paso de Venus por el Sol y a su regreso fundó el primer observatorio astronómico mexicano moderno en el Castillo de Chapultepec.

En aquel largo viaje, Díaz —al mando de la delegación mexicana— instaló su observatorio en Japón, y las fotografías que captaron sobre el Sol y la pequeña mancha móvil que era Venus, serían eminentes y lo proyectarían a la cúspide de la ciencia mexicana. Asimismo, logró otra meta, dijo Rueda, “una hazaña tal vez menos espectacular, aunque sin duda más profunda: es el héroe en la punta inicial de los lazos de amistad entre Japón y México”.

El embajador Takase comentó que ambos países tienen una historia de amistad de más 400 años, y recordó que la visita histórica de Covarrubias abrió el camino para la firma del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación. “La visita se dio por motivos científicos, pero Díaz Covarrubias resultó un gran observador del Japón y a su regresó habló de la necesidad de establecer relaciones diplomáticas que se hicieron realidad 13 años después, con la firma del Tratado”.

En esta historia, las calaveritas de la exposición presentan la experiencia del matemático mexicano del siglo XIX, quien se empeñó en viajar a Japón cuando no existían aviones, para asistir a un magno evento astronómico visible cada 105 años, el cual en 1874 reunió a científicos de todo el mundo en el este de Asia: ver el paso del planeta Venus por el Sol, algo considerado de gran relevancia porque permitiría medir la distancia entre la Tierra y el astro.

Al estilo japonés, la entrada al pabellón es por la izquierda, a través de unas cortinas azul eléctrico que, al traspasarlas, llevan a la ruta de Díaz Covarrubias: hoy, cualquiera pensaría que, para embarcarse, lo más fácil sería llegar a las costas del Pacífico desde el centro de México, pero el astrónomo, además de sus maletas cargaba equipo muy pesado y valioso para montar su observatorio; los caminos por tierra en esa dirección eran, además de peligrosos, difíciles.

La exhibición, la cual contó con el apoyo de la Fundación Kasuga, está dividida en dos secciones paralelas: la primera, aborda lo que pasaba en Japón, y la segunda, lo acontecido en México durante los mismos años, dos décadas antes del avistamiento de Venus. En total son 10 maquetas en las que habitan alrededor de 70 calaveritas.

Para elaborar sus calaveras, Francisco Rivas eligió el fieltro, porque es un material popular y accesible a la gente, muy suave al tacto lo que permite identificarlo sensorialmente; cuando el público ve los personajes siente que los toca; además tiene colores vivos.

El museógrafo utiliza los lienzos de fieltro como si fuesen lápices para colorear. Con ellos plasma escenarios y otorga identidad a los personajes, a través de su indumentaria y características físicas.

En la primera escena, ya en Yokohama, Díaz sube a un jinrikisha, el carro tradicional japonés, de dos grandes ruedas tirado por un hombre, acompañado de John Bingham, ministro de Estados Unidos en Japón, quien le lleva a un recorrido en el que descubre que Japón vivía entre la tradición y la modernidad, porque había cerrado sus fronteras por más de 250 años y ahora comenzaba a vincularse con el mundo.

Las escenas subsecuentes, basadas en el guión científico de Víctor Hernández, describen que ocho años atrás, en 1868, Japón fue gobernado por la familia samurái Tokugawa, que había cerrado las fronteras, pero en 1853 Japón fue sorprendido por barcos europeos y estadounidenses que con las armas forzaron a establecer acuerdos comerciales desiguales. La intromisión generó malestar entre clanes samurái y desató una guerra civil: mientras unos defendieron al sogún, otros, al emperador. Los Tokugawa fueron derrotados por el imperio de Meiji e inició la modernización del país.

En la exposición se puede ver un castillo samurái, donde están caracterizados el último sogún, Yoshinobu Tokugawa, los soldados y samuráis Tokugawa. Está también Saigo Takamori, el último samurái, quien apoyó la revolución de Meiji y luego se reveló cuando el nuevo gobierno comenzó a perseguir a los samuráis.

En la escenificación del majestuoso Palacio Imperial se encuentran el Emperador Meiji y la Emperatriz consorte Shoken; los oficiales del ejército imperial con sus características cabelleras de colores: roja para el clan Tosa (Oso rojo); blanca para el clan Choshu (Oso blanco), y negra para el clan Satsuma (Oso negro).

Eso pasaba en Japón, mientras en México, después de la caída del Imperio de Maximiliano en 1867, se restauró el gobierno republicano, pero con cada nueva elección presidencial estallaban guerras internas. Benito Juárez se reeligió como presidente en 1871, y a la muerte de éste, gobernó Sebastián Lerdo de Tejada de 1872 a 1876, él fue quien dio permiso a Francisco Díaz Covarrubias para viajar a Japón.

Al igual que en el país asiático, México tenía una relación difícil con las potencias europeas, que se negaban a reconocer la legitimidad de los gobiernos mexicanos. Una de las razones fue el fusilamiento del emperador Maximiliano de Habsburgo, durante el gobierno de Benito Juárez. Este episodio provocó la ruptura de las relaciones diplomáticas con España, Francia, Inglaterra y Prusia, así como con el Imperio austrohúngaro.

En medio de este clima de inestabilidad política, los comentarios de Díaz Covarrubias sobre Japón motivaron a funcionarios y empresarios mexicanos a buscar nuevas formas de activar la economía y mejorar las relaciones de México con el mundo.

Las calaveritas escenifican la caída y muerte de Maximiliano, que yace en su féretro junto a su hermano Francisco José I, en el Palacio de Schonbrunn en Viena. En Las Tullerías, en París, aparece Napoleón III acompañado de soldados franceses y por ahí andan un par de chinacos. Aparecen en escena Benito Juárez y su esposa Margarita Maza, rodeados de soldados juaristas y revolucionarios antijuaristas; Sebastián Lerdo de Tejada, junto a soldados lerdistas y generales revolucionarios antilerdistas. Cierran Porfirio Díaz con su esposa en una elegante carreta rumbo al Castillo de Chapultepec, para ocuparlo como residencia oficial luego de haber mudado el Observatorio a Tacubaya.


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