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Investigadores del INAH abrieron la Conferencia Anual de la Universidad de Sul Ross, en Texas
turismo - 2018-01-25
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Investigadores del INAH abrieron la Conferencia Anual de la Universidad de Sul Ross, en Texas

Un río con dos nombres y dos personalidades cambia la fisonomía de la frontera norte de México porque entre El Paso y Matamoros hay un tramo donde la línea divisoria, en forma de arco invertido, parece diluirse en su cauce. Allá, la historia brota de ambos lados y, por tradición, las poblaciones se vinculan en la cotidianidad. También la comunidad científica.

El entorno parece estéril pero los ojos de la ciencia descubren diariamente que la región está colmada no sólo de evidencias arqueológicas e históricas, sino también de testimonios de la evolución de la Tierra y de la vida en este continente: de la Era cuando los dinosaurios poblaban la región y México con Estados Unidos constituían una pequeña franja de tierra en la inmensidad de Tetis, un océano primigenio.

En México, esa región geográfica aún no tiene un nombre. En Estados Unidos la llaman Big Bend. Traducido al español es “La Gran Curva”. El nombre hace referencia a la forma de “U” que toma el río Grande/ Bravo, en Texas, cuyo caudal serpentea desde las Montañas Rocallosas, en Colorado, hasta El Paso, donde se transforma en linde hasta su desembocadura en el Golfo de México.

La región se extiende aproximadamente por 4,000 kilómetros cuadrados de montañas y desierto, atravesados por el río. En EU comprende el Parque Nacional del Big Bend, el Parque Estatal Big Bend Ranch y el Área para el Manejo de Vida Silvestre Black Gap, al suroeste de Texas. Las características geográficas y culturales similares continúan al otro lado del río, en el Área de Protección de Flora y Fauna Maderas del Carmen (APFFMC), ecorregión que comprende el Cañón de Santa Elena y Ocampo, así como el Monumento Natural Río Bravo del Norte, en los municipios de Manuel Benavides, Ojinaga, Acuña y Ocampo, en los estados de Chihuahua y Coahuila.

En los años 60 del siglo XX, el arqueólogo norteamericano J. Charles Kelley asumió que la historia de aquella región no podía recapitularse separada por una frontera política. Investigaba la etapa prehispánica del suroeste de los Estados Unidos y sus pesquisas, cada vez con más elementos, lo conducían al sur. Así cruzó el río Grande / Bravo y comenzó importantes estudios hasta Durango y Zacatecas, donde se ha ubicado de manera hipotética el límite de Mesoamérica y la puerta de entrada a la región de las culturas del norte.

En 1985, la Universidad de Sul Ross, en Texas, estableció un Centro de Estudios dentro del Parque Nacional, destinado a la historia regional: el Center for Big Bend Studies (CBBS). Su primer director fue J. Charles Kelley. Las investigaciones ahí desarrolladas han desvelado un rico patrimonio paleontológico, así como arqueológico e histórico con evidencias de grupos humanos en torno al río: un oasis linear en forma de arco donde el hombre construyó su hogar desde hace por lo menos 10,000 años, aunque la mayor cantidad de vestigios corresponden a cazadores-recolectores de la Cultura Arcaica o Desértica, de 6,000 a.C.

En 2017, arqueólogos del Big Bend y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) llevaron a cabo una jornada de trabajo en la región texana, con la finalidad de consolidar las relaciones binacionales en torno a la investigación, conservación, manejo y divulgación del patrimonio cultural compartido y fortalecieron lazos a través de la firma de un Memorándum de Entendimiento que comenzó a dar frutos en el otoño.

En noviembre, investigadores del INAH expertos en la región del noroeste abrieron la Conferencia Anual de la Universidad de Sul Ross, en la ciudad de Alpine, Texas, con temáticas de arqueología de la región de Coahuila y Chihuahua para contrastarlas con las del Big Bend estadounidense.

Por lo general, la Conferencia Anual aborda avances de investigaciones en territorio texano, en esta ocasión, arqueólogos mexicanos presentaron las más recientes investigaciones de una región poco conocida y trabajada, entre otras instancias por la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México (EAHNM), con sede en Chihuahua.

La sesión inaugural estuvo a cargo de Andy Cloud, de la Universidad de Sul Ross, Texas, y Emiliano Gallaga, director de la EAHNM. La presentación de Cloud se refirió a las investigaciones arqueológicas en el área del Big Bend y la importancia de conocer cómo los contextos registrados en Texas se desarrollaban del otro lado del río, cauce que sólo en tiempos modernos ha representado una frontera.

La exposición de Gallaga abordó los orígenes, alcances y logros del INAH, así como sus necesidades, compromisos y deudas históricas, como es el caso de la investigación de la región norteña del país que ha quedado postergada respecto a Mesoamérica. Este último aspecto es uno de los pilares del memorándum de colaboración entre las dos instituciones que da impulso renovado a la investigación del norte de México.

El arqueólogo Eduardo Escalante Carrillo, jefe de la Unidad Técnica de Planeación para el Manejo de Zonas Arqueológicas, de la Dirección de Operación de Sitios del INAH y enlace con CBBS, comenta que el Memorándum representa una oportunidad de mirar hacia el norte y establecer proyectos de características particulares, toda vez que el territorio nacional es vasto y el patrimonio cultural corresponde a esa diversificación; sin embargo, se ha dado mayor énfasis a la arquitectura monumental mesoamericana.

La meta del INAH es diversificar las metodologías para atender ambos patrimonios, que son muy diferentes y se ubican en contextos distintos, así como emprender proyectos de paleontología conjuntos, pues explica que en el área Coahuila/ Big Bend se concentra la mayor cantidad de evidencias fósiles de dinosaurios en Norteamérica, importantes para el estudio de la formación del continente.

En la región del Big Bend la frontera natural no representa una barrera para sus habitantes: el cruce es habitual: los estadounidenses vienen en busca de mercancías más baratas y los mexicanos van por productos de más calidad; los norteamericanos rentan kayaks para navegar en el río y los mexicanos venden alimentos para hacer el lunch. Incluso hay espacios donde el agua no pasa de las rodillas: un remanso en la excitada frontera donde lo común del pasado permanece y el río es el punto de encuentro, narra Eduardo Escalante.

En 2017, los científicos del INAH y la Sul Ross emprendieron juntos una nueva etapa en el conocimiento de la historia compartida que comenzó desde el nacimiento del continente, en la Era Mesozoica, hace 200 millones de años y que difícilmente se romperá, porque, dicen, en el Big Bend/ La Gran Curva, el río Grande/ Bravo históricamente es punto de unión. Así lo indican las evidencias.


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