Historias en el metro - Ojos que no ven, corazón que siente - NTCD Noticias
Sábado 22 de febrero de 2020

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Historias en el metro - Ojos que no ven, corazón que siente

Historias en el metro - Ojos que no ven, corazón que siente

Historias en el metro - Ojos que no ven, corazón que siente


Por Ricardo Burgos Orozco

Pensé que tenían un trato especial por su condición de personas con capacidades diferentes, pero no, son considerados vagoneros como cualquier otro vendedor o pedigueño que se sube al Metro. Los cieguitos o invidentes.

Platiqué con varios uniformados en diferentes estaciones. Todos me dijeron que a los invidentes, como a todos, se les aplica el reglamento, aunque muchos aseguren pertenecer a instituciones civiles o gubernamentales.

A uno de quienes me encuentro muy seguido se llama Ramiro. Viene con su esposa. Trae una pequeña grabadora al pecho. Él canta mientras su esposa pide la colaboración a los usuarios. No tiene tan mala voz, hasta eso. Lo vi el miércoles. Se subió en la estación Villa de Cortés. Yo venía del Zócalo. Cantó una canción de José José, Almohada.

Le di cinco pesos, le pregunté su nombre y luego lo alabé por su voz ¿Sólo trae de José José? Le pregunté. Pues esas las traigo desde hace tiempo porque, como ya ve que se murió, hay que traer lo que está de moda ¿Y así le coopera más la gente o qué? ¡Claro, lo escuchan y le entran más!

Me dijo que conoció a su pareja hace cinco años en el Instituto Nacional para Ciegos Débiles Visuales. Se enamoraron y se juntaron. No tienen hijos de ambos, pero sí cada quien de sus anteriores matrimonios. Ramiro estudia una carrera técnica en la institución. Dijo que no se ve pidiendo limosna toda la vida. Traen una credencial colgada del Instituto ¿Les sirve de algo esa credencial aquí? Lo interrogué. Para nada, me contestó. Si los empleados nos ven nos sacan de todos modos, pero nos tratan bien hasta eso.

En la estación Balderas, ayer, curiosamente se subió otra pareja de cieguitos. Mientras él tocaba la guitarra, ella entonaba Fina Estampa de Chabuca Granda, con una voz no muy buena porque se le salían dos o tres gallos de vez en cuando. La guitarra del hombre tampoco estaba muy afinada, pero les di los diez pesos que traía ¿Ustedes son pareja? Sí, señor, me dijo el guitarrista ¿Desde cuándo? Hace 14 años, me contestó ¿Tienen hijos? Tenemos tres.
Ya confirmé: ojos que no ven, corazón que también siente.

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