Las marcas del Sol sobre edificios prehispánicos hicieron visible el tiempo y el momento de sembrar - NTCD Noticias
Lunes 28 de septiembre de 2020

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Las marcas del Sol sobre edificios prehispánicos hicieron visible el tiempo y el momento de sembrar

Las marcas del Sol sobre edificios prehispánicos hicieron visible el tiempo y el momento de sembrar

Las marcas del Sol sobre edificios prehispánicos hicieron visible el tiempo y el momento de sembrar

Los observatorios mesoamericanos eran una especie de oráculo y templo porque el registro del movimiento de los astros expresaba la voluntad divina

Actualmente, cuando se piensa en observatorios astronómicos, la mente imagina enormes cúpulas con telescopios de gran alcance, construidos exclusivamente para el estudio de los cuerpos celestes. En cambio, en la época prehispánica, un observatorio era, en muchos casos, una especie de oráculo, porque los registros del movimiento de los astros eran una forma de expresar la voluntad divina; habría que entenderlos como templos, como lugares de oración y no solo de ciencia.

Así lo afirma el arqueólogo Orlando Casares Contreras, quien se ha especializado en el estudio de la arqueoastronomía de los antiguos mayas, al explicar que éstos disponían de edificios en forma piramidal y plataformas que, además de utilizarse para realizar actividades políticas o religiosas, servían como marcadores o puntos de referencia que indicaban las salidas y puestas del Sol y los movimientos de la Luna y de Venus.

“Un punto para observar el movimiento del Sol puede ser una entrada a un templo o una alfarda. En muros, escalinatas, nichos, caminos e, incluso, pinturas murales de cientos de edificios mayas se proyectan luces y sombras producidas por el movimiento del Sol, de Venus o la Luna. Con esas marcas efímeras los antiguos mayas hicieron visible el tiempo e identificaron en qué momento sembrar y cosechar.”

El arqueoastrónomo Jesús Galindo, quien ha estudiado la astronomía mesoamericana en diversos sitios prehispánicos de México, explica que la regularidad en el movimiento aparente de los astros permitió el desarrollo del calendario: “Para los mayas, los marcadores solares eran una especie de calendarios que permitían contar los días y determinar el momento para sembrar o levantar la cosecha”, señala.

“Las alineaciones de luz sobre los edificios ocurren no para indicar un fenómeno en el cielo, se trata de escenografías para señalar a los hombres que alguna fecha significativa se acerca; de este modo organizaban sus actividades y su vida económica, social y religiosa”.

Un ejemplo que menciona el especialista es el relativo a las fechas del 29 de abril y el 13 de agosto, porque en diversos sitios de Mesoamérica, esos dos días, se han identificado juegos de luces y sombras proyectados sobre los edificios.

“Es decir, en un par de fechas el Sol ‘se alinea’ a la estructura, aunque en tales días no ocurra ningún evento solar significativo para la astronomía moderna”; sin embargo, dichas fechas marcadas por los pueblos prehispánicos son importantes porque dividen el año solar de 365 días, en dos periodos que establecen una característica del sistema calendárico mesoamericano”.

Como ejemplo de edificios que presentan una alineación con el Sol durante el ocaso del 29 de abril y el 13 de agosto, Galindo mencionó el templo superior de Los Jaguares del Gran Juego de Pelota de Chichén Itzá y la ventana central del Caracol, en esa misma ciudad maya de Yucatán; el Edificio de los Cinco Pisos, de Edzná, en Campeche, y, fuera del área maya, la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, Estado de México.

“En estos casos, a partir de la primera fecha, el observador debe esperar 52 días para que llegue el solsticio de verano y después de éste, esperar otros 52 días para que ocurra la segunda alineación con los edificios, el 13 de agosto. No se trata de que haya un fenómeno del Sol, sino que el astro sirve como indicador de que ha llegado una fecha determinada que era importante dentro del calendario mesoamericano”.

Otra utilidad de los edificios “observatorios” era rendirle culto a las deidades que habitaban la bóveda celeste, de acuerdo con la cosmogonía indígena. Con ese fin, también se construyeron estructuras orientadas hacia las direcciones especificadas por el movimiento aparente de algún astro, con la intención de poner en armonía la obra humana con el cosmos, explica Galindo.

“Un efecto resultante de la orientación astronómica es la hierofanía, es decir, la iluminación de lo sagrado”, dice al explicar: “Es un juego de luces y sombras con las que se refuerza un mensaje de poder de la elite”. Y menciona como ejemplo el templo monolítico de Malinalco, en cuyo interior, sobre una banqueta circular, hay esculturas de águilas y de un jaguar, emblemas de una orden militar de la elite mexica que tenía al sol como deidad.

“Durante el solsticio de invierno los rayos solares penetran por el vano del acceso e iluminan la cabeza del águila labrada al centro del santuario; estudios etnohistóricos indican que ese día pudo celebrarse la bajada del dios de la guerra Huitzilopochtli, al mundo”.

Los arqueoastrónomos también han identificado observatorios horizonte, edificios que funcionaban como horizontes artificiales; es decir, estando el observador frente al edificio horizonte, desde una posición indicada por algún elemento constructivo, registraba al cuerpo celeste, cuando se alineaba al centro de la construcción.

Jesús Galindo refiere que los sacerdotes mesoamericanos también construyeron edificios orientados de acuerdo con eventos planetarios. Un ejemplo es el Palacio del Gobernador, en Uxmal, Yucatán, el cual en su parte superior tiene mascarones antropomorfos con el glifo maya de Venus; el eje de simetría del edificio señala la posición extrema de Venus en el horizonte como Estrella de la Mañana.

Otra modalidad de las ciudades mesoamericanas son los observatorios cenitales, donde la incidencia de los rayos solares al interior de un recinto indica la llegada del Sol a posiciones extremas en el cielo; y las cámaras subterráneas, construidas bajo tierra o en el interior de un edificio.

De acuerdo con el etnohistoriador Rubén Morante López, en realidad son gnómones, antiguos instrumentos de astronomía, a cuya cámara oscura penetran los rayos solares a través de un tragaluz; cuando la luz llega hasta el piso señala fechas calendáricas o rituales.

Para el arqueólogo José Huchim Herrera, también arqueoastrónomo, el uso multifuncional que tenían los edificios tipo palacio, probablemente, se debiera a que la elite que ocupaba un palacio era la encargada de mantener el contacto con las deidades; el gobernante era también el intermediario entre los dioses y el pueblo.

“Hay fenómenos que solo los sacerdotes pudieron haber observado porque es necesario subir a la parte más alta de los templos para verlos, y a los palacios solo entraba la elite”.

Diferentes arqueoastrónomos coinciden en que en la observación del firmamento estaba el sustento del poder de la clase dominante de las culturas mesoamericanas: quienes tenían el poder eran los intermediarios entre los hombres y los dioses, los sacerdotes que predecían el paso del tiempo, la aparición y alineación de los astros, los que llevaban la cuenta calendárica; actividades que les permitían demostrar ante la sociedad su interacción con las deidades.


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