La Secretaría de Cultura del Gobierno de México impulsa acciones para mantener vigente el patrimonio textil del rebozo, una prenda que concentra saberes, oficios y procesos transmitidos entre generaciones. En el marco del Día del Rebozo, celebrado el 29 de septiembre en el Estado de México, la dependencia destacó la apertura del Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (MUT), que abrió sus puertas en julio de 2026 en la Ciudad de México.

El MUT, ubicado en el corazón de la capital, propicia el diálogo entre la innovación, el intercambio cultural y el reconocimiento de las tradiciones textiles. Durante septiembre, el museo dedicó un lugar especial al rebozo con el programa "Rebozo. De nudos nos cubrimos", que reunió a tejedoras, empuntadoras y especialistas en talleres y conversatorios. Como pieza del mes, se exhibió un rebozo de la primera mitad del siglo XIX, elaborado en telar de cintura con técnica de gasa, algodón, seda teñida e hilo entorchado de plata.

La secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, señaló que "el rebozo sigue vivo porque quienes lo elaboran transmiten sus saberes y también encuentran nuevas formas de crear. Nuestra responsabilidad es respaldar ese trabajo colectivo y reconocer a todas las manos que participan en él". Agregó que espacios como el MUT permiten que más personas conozcan los procesos detrás de cada pieza y valoren a las comunidades que los sostienen.

Además del museo, la dependencia impulsa iniciativas como Original, Encuentro de Arte Textil Mexicano, las expoventas como "Tápame con tu rebozo", los certámenes del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) y talleres de Alas y Raíces y Semilleros Creativos. La subsecretaria de Desarrollo Cultural, Marina Núñez Bespalova, explicó que el rebozo está presente en distintas líneas de trabajo: adquisición de piezas a través del Fonart, exhibición y venta en Original, y capacitación. "Preguntamos siempre cada año qué tipo de capacitación les gustaría tener, y así formamos el programa del año siguiente", indicó. Se han impartido cursos de corte y confección, tratamiento de la pluma y teoría del color.

El impulso institucional incluye también el Gran Premio Nacional de Arte Popular y el Concurso Nacional de Textiles, que contempla una categoría específica para rebozos y es convocado por la Secretaría de Cultura, a través del Fonart y el MUT. Sobre el origen del rebozo en México, la fuente señala que faltan certezas, pero especialistas buscan antecedentes en prácticas anteriores a la llegada de los españoles. En el periodo prehispánico, las mujeres hilaban algodón y otras fibras, utilizaban tintes y confeccionaban huipiles, enredos, quechquémitls y paños en telares de cintura.

Para Marta Turok, los antecedentes están en el mamalli, empleado para cobijar y cargar. El documento la Tira de la Peregrinación, explica, "muestra personajes que transportan deidades y a un bebé". También identifica posibles aportaciones de tradiciones llegadas durante el periodo colonial, entre ellas la morisca. Durante el periodo novohispano, se consolidó la forma que hoy permite reconocerlo: un lienzo rectangular, largo y estrecho, cuyos extremos dejan parte de la urdimbre libre para elaborar el empuntado. Turok lo describe como "un paño rectangular que mide como 86 centímetros de ancho, dos y medio o tres metros de largo y, luego, los empuntados que derivan de la misma urdimbre".

La conservadora del patrimonio en el INAH, María de Lourdes Gallardo Parrodi, explica que "una cosa es la materialidad, un hilo o una tela; otro apoyo son las fuentes documentales y, después, las fuentes iconográficas". Las pinturas de castas del siglo XVIII permiten observar diferencias de indumentaria entre grupos sociales y muestran, también, rebozos jaspeados. El jaspe o ikat es uno de los rasgos característicos del rebozo mexicano. Para obtenerlo, se amarran secciones de la urdimbre antes del teñido para reservarlas del color; al desatar y tejer los hilos, las zonas teñidas y reservadas forman el dibujo.

A finales del siglo XVIII, el rebozo aparece entre mujeres de distintos grupos sociales. Teresa Castelló Yturbide documenta que en un inventario de Zitácuaro de 1768 se registraron: un rebozo salomónico negro con fleco de plata, otro de nácar con punta de oro y uno mexicano de seda y oro. Durante el siglo XIX se consolidaron centros productores en Colima, Estado de México, Guanajuato, Guerrero, Jalisco y Michoacán. Durante la Revolución Mexicana, las soldaderas lo utilizaron para cubrirse, transportar víveres y cargar objetos.

La continuidad de la tradición ocurre cuando el conocimiento pasa de unas manos a otras. En Angahuan, Michoacán, la artista textil purépecha Juana Bravo Lázaro creció en una familia en la que una abuela preparaba lana, otra trabajaba algodón y su madre hacía brocados. "Nadie me enseñó, puro viendo; así era mi escuela". Su trayectoria fue reconocida con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024, en Artes y Tradiciones Populares. Bravo trabajó por años con más de cien artesanas y, ante el envejecimiento y la pérdida de integrantes, comenzó a enseñar a niñas y jóvenes de entre 10 y 18 años: "cuando yo ya no esté, para que el trabajo siga y la cultura siga".

En Hueyapan, Morelos, Montserrat González Zavala, de nueve años, participa, a través de Alas y Raíces, en un taller de telar de cintura. Ya aprendió a escoger colores, preparar la urdimbre, aplicarle atole, separar los hilos y comenzar el tejido. "Lo más difícil que me pasó fue comenzar a tejer", cuenta. La subsecretaria Núñez Bespalova señala que son las propias comunidades las que determinan qué preservar y qué transformar: "ellas tienen muy claro qué es lo tradicional, qué es lo que tienen que conservar".

En Ahuirán, Michoacán, la familia Bautista atribuye a Cecilia Bautista Caballero la incorporación de plumas al rapacejo del rebozo. Su hija, la artesana purépecha María de los Ángeles Rodríguez Bautista, recuerda que la idea surgió cuando su madre encontró plumas y, ante la falta de dinero para comprar los hilos de las puntas, comenzó a experimentar con ellas. Cecilia presentó la pieza en un concurso y obtuvo el primer premio, recuerda la investigadora Ana Terán, quien considera que una innovación se incorpora a la tradición cuando "se vuelve conocimiento y del gusto de todos, y lo empiezan a usar".

En Tenancingo, Alejandro Vázquez Dorantes experimentó con el degradado, que transforma los colores a lo largo del rebozo, técnica de la que no se han encontrado antecedentes. Vázquez advierte que quedan pocos especialistas en fases como el amarrado, porque no todo el conocimiento pasó a las generaciones siguientes. De ahí su insistencia en que "el rebozo es costoso; no es caro": detrás del precio están el tiempo, los materiales y los conocimientos especializados. En Santa María del Río, San Luis Potosí, el artesano rebocero Arturo Estrada Hernández coloca el proceso en el centro de la tradición. "Lo importante dentro de la tradición es preservar el proceso. Los hilos cambiarán, los diseños cambiarán, los colores cambiarán, pero el proceso debe ser el mismo", afirma.

Para la jefa del Departamento de Artesanías Populares en la Secretaría de Cultura, Amparo Rincón Pérez, la vigencia del rebozo pasa por ampliar sus usos. "La prenda la usas tú para lo que tú quieras. No importa cómo la uses, consúmela y lúcela con orgullo", señala. En el Estado de México se le celebra el 29 de septiembre, pues dicha entidad es considerada cuna de su creación en municipios como Tenancingo de Degollado, Malinalco y Calimaya. A nivel nacional también destacan Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí, Tlaxcala y Veracruz.