Ceremonia celebrada el jueves 13 de febrero en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo

Ocupa la silla vacante de Clementina Díaz de Ovando

Luego de la sorpresa, viene la aceptación. y esto fue lo que le sucedió al antropólogo y etnólogo Roger Bartra (1942), quien desde ayer ocupa la duodécima silla de la Academia Mexicana de la Lengua (AML).

En la ceremonia de ingreso, realizada la noche del jueves pasado en el Museo Rufino Tamayo del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Bartra aseguró que en la AML “debemos admitir e incluso estimular dosis de traición en el uso del lenguaje, ello redundará en el fortalecimiento de las tradiciones necesarias y la vitalidad de la cotidiana traducción que debemos emprender para interpretar a nuestro semejantes y para entender el mundo que nos rodea”.

Durante su largo discurso, el también ensayista, periodista e investigador habló sobre la relación existente entre la traducción, la traición y la tradición, y relató dos cuentos imaginarios, uno de ellos referente a la bola de escribir de Nietzsche, entre otras cosas.

De entrada reconoció que “para mí, fue una sorpresa el ser elegido como miembro de la AML. No soy ajeno a los temas de la literatura y de la lengua; por el contrario, provengo de una familia de escritores. Yo mismo considero mi trabajo como parte de la literatura, sin por ello renunciar a mi vocación científica”, señaló el investigador emérito del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores Nivel III.

Sostuvo que “me sorprendió este ingreso porque la Academia no es un territorio que haya sido transitado por antropólogos y sociólogos, oficios que desempeño, por ello agradezco al presidente de la AML, Jaime Labastida, por la sorpresiva invitación, lo mismo que a los tres académicos que me propusieron: Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Quirate y Leopoldo Baliñas”.

Recordó que a la anterior integrante de la duodécima silla, Clementina Díaz, fallecida el 18 de febrero del año 2013, puede considerarse una antropóloga y una estupenda practicante de una etnografía de la literatura, de la educación, de la cocina y de los espectáculos.

Comentó el fundador y director de la revista de cultura política El Machete que Díaz de Ovando fue también una documentalista de primer orden, y el resultado de sus investigaciones constituyen un extenso corpus futurista muy bien estructurado y que bien puede ser materia para futuros estudios antropológicos.

El autor de La jaula de la melancolía (1987), El salvaje en el espejo (1992), Oficio mexicano: miserias y esplendores de la cultura (1993), Las redes imaginarias del poder (1996), El salvaje artificial (1997), La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana (1999), La democracia ausente (2000) y Cultura y melancolía: las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro (2001) habló extensamente de la obra de la primera mujer en ingresar a la AML.

Antes de ella, habían ocupado la misma silla Julio Torri, autor de una obra breve pero sustanciosa; Rubén Romero, autor de La vida inútil de Pito Pérez, uno de los cimientos literarios de identidad nacional; Federico Escobedo, padre que escribía poesía; Rafael Delgado, poeta y creador de la novela La calandria; y Manuel Peredo, intelectual del teatro.

Bartra dijo que la duodécima silla de la AML “ha sido una cadena un tanto incoherente en su continuidad, acaso sea así, pero se trata de las incongruencias propias de la vida social e intelectual, sin ellas la cultura sería un lugar poco estimulante”.

El ganador del Premio Universidad Nacional 1996, señaló que “la cultura y la sociedad existen gracias a la incomunicación, a las discontinuidades y a las interrupciones; no hay relaciones humanas sin un toque de incomunicación, no hay compañía sin un punto de soledad, por ello la tradición y la traducción siempre van acompañadas de la traición”.

Por lo anterior, agregó, en la AML debemos admitir e incluso estimular dosis de traición en el uso del lenguaje, ello redundará en el fortalecimiento de las tradiciones necesarias y la vitalidad de la cotidiana traducción que debemos emprender para interpretar a nuestros semejantes y para entender el mundo que nos rodea.

Finalmente, lanzó una incógnita digna de estudios posteriores: Jamás podremos llegar al fondo de lo humano.

En su respuesta, el poeta Jaime Labastida dijo que Roger Bartra es un investigador de gran mérito y un ensayista maduro, dos de las muchas razones por las cuales ingresa al AML. Sus intereses son vastos y complejos, agregó.