EDUARDO MATOS, DE ARQUEÓLOGO A POETA
_ Como ocurrió con el periodista y escritor Franz Xaver Kappus, Eduardo Matos definió su vida interior a partir de las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke
No se considera el mejor arqueólogo de su generación, sólo el más conocido
Este 2015 el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma ha pasado buena parte del tiempo escribiendo discursos para agradecer preseas. Hurga en su memoria y contabiliza: serán alrededor de seis. Una de ellas es el Pectoral de Juego de Pelota que le otorgó el Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia (INAH) por 55 años de labor.
Han pasado ya 5 décadas y media desde aquel 1 de junio de 1960 cuando el joven Eduardo Matos, aún estudiante de la Escuela Nacional de AntropologÃa e Historia (ENAH), comenzó a trabajar en el INAH. Durante este tiempo se ha convertido en uno de los pilares de la arqueologÃa mexicana.
Él no se considera el mejor, sólo el más conocido. Lo cierto es que antes de saldar su deuda con la muerte ―asà lo dice― ha dejado por herencia uno de los proyectos más importantes del siglo XX que ha permitido desvelar el centro del universo de una de las sociedades con más poder del mundo prehispánico: la mexica.
Matos habla con voz pausada y perfecta dicción, ni rastro queda de aquel niño tartamudo que pudo superar el trastorno cuando de joven comenzó a dar clases de arqueologÃa. Su pensamiento es claro. Teje cada palabra pronunciada en frases comprensibles y estudiadas. Es diplomático.
De adolescente querÃa ser sacerdote debido al vÃnculo con los lasallistas de sus primeros colegios. Ahora, a los 74 años (diciembre de 1940) no cree en ninguna deidad, ni en la vida después de la muerte. Hay que saber vivir la muerte, dice.
En el Museo Nacional de AntropologÃa ―donde fue director de 1986 a 1987― sentado frente a una gran vidriera por donde se distingue a lo lejos el continuo transitar de los carros sobre Reforma, Eduardo Matos habla de sus rompimientos interiores: con la religión, con el poder, con la familia, con las cosas materiales. Ha reaccionado ante esos rompimientos como un nihilista activo: destruye con la fuerza de la voluntad del espÃritu las situaciones que lo hunden en el vacÃo para crear nuevos valores y reinventarse.
Asà desterró en su adolescencia la vocación de cura y tomó la de arqueólogo. La profesión lo conquistó en un libro: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram.
El éxito, la fama y el poder persiguen a Eduardo Matos pero su interior siempre ha debatido con ellos. Rilke decÃa que la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre, ¿qué ha hecho Matos con ella?
“La fama es una dama veleidosa que cuando la buscas por lo general se niega pero si la dama veleidosa se te presenta y tú empiezas con aires de grandeza estás perdido: eres un cretino. SÃ, soy muy conocido. A veces los periodistas me confunden, me dicen: ‘Es usted el mejor arqueólogo de México’. ¡No!, hay mejores excavando, están los mayistas y su área la conocen mil veces mejor que yoâ€.
Confiesa rotundo: “A mà lo que me gusta es investigar y escribirâ€. De la escritura, lo suyo no es precisamente hacer poemas ―dice― sino pensamientos:
Y cuando estés tú conmigo / cuando yo ya me haya muerto, / entonces serás muy rica, / habrás heredado el viento, / las tardes, las amapolas, / la lluvia, el aire, el trueno, / los relámpagos azules, / también la luna de queso. (Fragmento del poema “Mi testamentoâ€, escrito a su hija Daniela, publicado en Los rompimientos del Centauro. Conversaciones con Eduardo Matos Moctezuma, libro de David Carrasco y Leonardo López Luján, Porrúa, 2007).
El arqueólogo Eduardo Matos nos ha salido poeta. Tal como se expresara de Rainer Maria Rilke (1875-1926) el sabio y bondadoso Horacek, capellán de la Academia Militar en la que estudió el escritor checoslovaco, cuando sorprendió a Franz Xaver Kappus leyendo poemas.
Rilke le dirigió a Kappus 10 misivas que hoy integran uno de sus principales libros: Cartas a un joven poeta. Con esa lectura Matos definió su vida interior, según confiesa el propio arqueólogo. Nuevamente la lectura. La obra fue puesta en manos de Matos por una hermosa chica de tipo egipcio con quien estudió en la ENAH. Aunque su seriedad lo disimule, ha tenido suerte con las mujeres. También ha escrito versos de amor… eróticos… y… claro: “Todos tienen destinatariasâ€, recalca.
De la investigación, tiró al poder por la borda para entregarle la vida a ésta: en el año 2000 rechazó ser director general del INAH, en cambio fue nombrado Profesor Emérito; ya antes, a los 36 años de edad habÃa sido designado presidente del Consejo de ArqueologÃa (1977) en sustitución de Ignacio Bernal. Luego de seis meses Matos declinó: habÃa alcanzado el cargo más alto después de haber sido director de la ENAH (1971-1973) y director de Monumentos Prehispánicos (1975-1977) pero sentÃa un vacÃo muy fuerte. Estaba disgustado consigo mismo.
“Mi vida burocrática habÃa estado desarrollándose muy bien. Muy bien dentro de lo negativoâ€, confesó Matos a David Carrasco en Los Rompimientos del Centauro… Decide entonces romper con ese poder y dedicarse a la investigación. En seguida llegó uno de los aspectos más importantes de su vida: Templo Mayor.
El Proyecto Templo Mayor es el punto medio que Matos buscaba entre la fama pública y la introspección de quien trabaja con el pensamiento: su centro, dice él. La tarea a la que ha dedicado el mayor tiempo de su vida. El lugar donde plasmó su creatividad académica y donde tuvo todo el apoyo para realizar el trabajo arqueológico tal como él piensa que debe ser un proyecto de investigación: interdisciplinario.
“Para realizarlo conjunté a un grupo de especialistas de diferentes ramas. Solicité la participación de los laboratorios donde hay biólogos, quÃmicos, de restauradores y de antropólogos fÃsicos que atendieran todo ese mundo de cosas que iban saliendo; actualmente no se concibe la arqueologÃa si no es con el apoyo de una serie de disciplinasâ€.
Matos recuerda que son ya casi 40 años de trabajo ininterrumpido. Cuatro décadas en las que se han formado investigadores que están aportando conocimientos importantes a la arqueologÃa: “Es un semillero de profesionales con publicaciones, con premios nacionales e internacionales que no acaba porque los colaboradores con quienes inicié han ido incorporando a las nuevas generacionesâ€.
Eduardo Matos considera que las dos categorÃas fundamentales de la arqueologÃa son el tiempo y el espacio: “Un arqueólogo tiene la capacidad de dar vida a lo muerto porque atraviesa esos dos umbrales para crear historiaâ€.
A la hora de excavar hay que ser cientÃfico, dice, pero también está convencido de que el trabajo arqueológico guarda relación con el pensamiento y difÃcilmente se podrÃa investigar sin una posición filosófica, porque cuando se trabajan sociedades ya desaparecidas es muy importante contar con un bagaje que permita entender cómo fueron desarrollándose. Él se ha definido en la corriente materialista.
Eduardo Matos vive en dos sentidos paralelos: va todo el tiempo en busca del conocimiento y de manera permanente añora y persigue la libertad existencial del artista; sus mejores amigos son pintores… escritores… poetas. Con ellos asiste a inolvidables tertulias. Su casa es una biblioteca de poesÃa y arte. Ahà disfruta de buen vino o mientras saborea el bouquet del tabaco de su pipa que fuma desde los 13 años con permiso de su madre, se pierde entre las notas de Vivaldi… Haydn… Bach… Beethoven… Manuel de Falla o Isaac Albéniz.
¿Matos se considera un intelectual? Él se juzga un investigador, si el término intelectual abarca a los investigadores, entonces lo es.
Hay un quinto rompimiento del que habla Matos y es el único que no puede concretar: el de la muerte, convocarla antes de que llegue. Sin embargo convive con la dama huesuda todos los dÃas a través de su trabajo. La muerte es uno de los tres temas que Matos investiga con más pasión. Los otros dos son el Templo Mayor y la historia de la arqueologÃa.
Actualmente está en el proceso de aprender a vivir la muerte: sabe que un dÃa todo acabará. Mientras… goza intensamente de los placeres de la vida: los libros, el vino, el tabaco, los amigos, la familia. Da continuidad al Proyecto Templo Mayor, prepara dos libros para El Colegio de México, participa en las reuniones de las academias a las que pertenece (la de Historia, la de la Lengua, El Colegio Nacional) y escribe discursos para agradecer preseas.
No se considera el mejor arqueólogo de su generación, sólo el más conocido
Este 2015 el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma ha pasado buena parte del tiempo escribiendo discursos para agradecer preseas. Hurga en su memoria y contabiliza: serán alrededor de seis. Una de ellas es el Pectoral de Juego de Pelota que le otorgó el Instituto Nacional de AntropologÃa e Historia (INAH) por 55 años de labor.
Han pasado ya 5 décadas y media desde aquel 1 de junio de 1960 cuando el joven Eduardo Matos, aún estudiante de la Escuela Nacional de AntropologÃa e Historia (ENAH), comenzó a trabajar en el INAH. Durante este tiempo se ha convertido en uno de los pilares de la arqueologÃa mexicana.
Él no se considera el mejor, sólo el más conocido. Lo cierto es que antes de saldar su deuda con la muerte ―asà lo dice― ha dejado por herencia uno de los proyectos más importantes del siglo XX que ha permitido desvelar el centro del universo de una de las sociedades con más poder del mundo prehispánico: la mexica.
Matos habla con voz pausada y perfecta dicción, ni rastro queda de aquel niño tartamudo que pudo superar el trastorno cuando de joven comenzó a dar clases de arqueologÃa. Su pensamiento es claro. Teje cada palabra pronunciada en frases comprensibles y estudiadas. Es diplomático.
De adolescente querÃa ser sacerdote debido al vÃnculo con los lasallistas de sus primeros colegios. Ahora, a los 74 años (diciembre de 1940) no cree en ninguna deidad, ni en la vida después de la muerte. Hay que saber vivir la muerte, dice.
En el Museo Nacional de AntropologÃa ―donde fue director de 1986 a 1987― sentado frente a una gran vidriera por donde se distingue a lo lejos el continuo transitar de los carros sobre Reforma, Eduardo Matos habla de sus rompimientos interiores: con la religión, con el poder, con la familia, con las cosas materiales. Ha reaccionado ante esos rompimientos como un nihilista activo: destruye con la fuerza de la voluntad del espÃritu las situaciones que lo hunden en el vacÃo para crear nuevos valores y reinventarse.
Asà desterró en su adolescencia la vocación de cura y tomó la de arqueólogo. La profesión lo conquistó en un libro: Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram.
El éxito, la fama y el poder persiguen a Eduardo Matos pero su interior siempre ha debatido con ellos. Rilke decÃa que la fama es la suma de los malentendidos que se reúnen alrededor de un hombre, ¿qué ha hecho Matos con ella?
“La fama es una dama veleidosa que cuando la buscas por lo general se niega pero si la dama veleidosa se te presenta y tú empiezas con aires de grandeza estás perdido: eres un cretino. SÃ, soy muy conocido. A veces los periodistas me confunden, me dicen: ‘Es usted el mejor arqueólogo de México’. ¡No!, hay mejores excavando, están los mayistas y su área la conocen mil veces mejor que yoâ€.
Confiesa rotundo: “A mà lo que me gusta es investigar y escribirâ€. De la escritura, lo suyo no es precisamente hacer poemas ―dice― sino pensamientos:
Y cuando estés tú conmigo / cuando yo ya me haya muerto, / entonces serás muy rica, / habrás heredado el viento, / las tardes, las amapolas, / la lluvia, el aire, el trueno, / los relámpagos azules, / también la luna de queso. (Fragmento del poema “Mi testamentoâ€, escrito a su hija Daniela, publicado en Los rompimientos del Centauro. Conversaciones con Eduardo Matos Moctezuma, libro de David Carrasco y Leonardo López Luján, Porrúa, 2007).
El arqueólogo Eduardo Matos nos ha salido poeta. Tal como se expresara de Rainer Maria Rilke (1875-1926) el sabio y bondadoso Horacek, capellán de la Academia Militar en la que estudió el escritor checoslovaco, cuando sorprendió a Franz Xaver Kappus leyendo poemas.
Rilke le dirigió a Kappus 10 misivas que hoy integran uno de sus principales libros: Cartas a un joven poeta. Con esa lectura Matos definió su vida interior, según confiesa el propio arqueólogo. Nuevamente la lectura. La obra fue puesta en manos de Matos por una hermosa chica de tipo egipcio con quien estudió en la ENAH. Aunque su seriedad lo disimule, ha tenido suerte con las mujeres. También ha escrito versos de amor… eróticos… y… claro: “Todos tienen destinatariasâ€, recalca.
De la investigación, tiró al poder por la borda para entregarle la vida a ésta: en el año 2000 rechazó ser director general del INAH, en cambio fue nombrado Profesor Emérito; ya antes, a los 36 años de edad habÃa sido designado presidente del Consejo de ArqueologÃa (1977) en sustitución de Ignacio Bernal. Luego de seis meses Matos declinó: habÃa alcanzado el cargo más alto después de haber sido director de la ENAH (1971-1973) y director de Monumentos Prehispánicos (1975-1977) pero sentÃa un vacÃo muy fuerte. Estaba disgustado consigo mismo.
“Mi vida burocrática habÃa estado desarrollándose muy bien. Muy bien dentro de lo negativoâ€, confesó Matos a David Carrasco en Los Rompimientos del Centauro… Decide entonces romper con ese poder y dedicarse a la investigación. En seguida llegó uno de los aspectos más importantes de su vida: Templo Mayor.
El Proyecto Templo Mayor es el punto medio que Matos buscaba entre la fama pública y la introspección de quien trabaja con el pensamiento: su centro, dice él. La tarea a la que ha dedicado el mayor tiempo de su vida. El lugar donde plasmó su creatividad académica y donde tuvo todo el apoyo para realizar el trabajo arqueológico tal como él piensa que debe ser un proyecto de investigación: interdisciplinario.
“Para realizarlo conjunté a un grupo de especialistas de diferentes ramas. Solicité la participación de los laboratorios donde hay biólogos, quÃmicos, de restauradores y de antropólogos fÃsicos que atendieran todo ese mundo de cosas que iban saliendo; actualmente no se concibe la arqueologÃa si no es con el apoyo de una serie de disciplinasâ€.
Matos recuerda que son ya casi 40 años de trabajo ininterrumpido. Cuatro décadas en las que se han formado investigadores que están aportando conocimientos importantes a la arqueologÃa: “Es un semillero de profesionales con publicaciones, con premios nacionales e internacionales que no acaba porque los colaboradores con quienes inicié han ido incorporando a las nuevas generacionesâ€.
Eduardo Matos considera que las dos categorÃas fundamentales de la arqueologÃa son el tiempo y el espacio: “Un arqueólogo tiene la capacidad de dar vida a lo muerto porque atraviesa esos dos umbrales para crear historiaâ€.
A la hora de excavar hay que ser cientÃfico, dice, pero también está convencido de que el trabajo arqueológico guarda relación con el pensamiento y difÃcilmente se podrÃa investigar sin una posición filosófica, porque cuando se trabajan sociedades ya desaparecidas es muy importante contar con un bagaje que permita entender cómo fueron desarrollándose. Él se ha definido en la corriente materialista.
Eduardo Matos vive en dos sentidos paralelos: va todo el tiempo en busca del conocimiento y de manera permanente añora y persigue la libertad existencial del artista; sus mejores amigos son pintores… escritores… poetas. Con ellos asiste a inolvidables tertulias. Su casa es una biblioteca de poesÃa y arte. Ahà disfruta de buen vino o mientras saborea el bouquet del tabaco de su pipa que fuma desde los 13 años con permiso de su madre, se pierde entre las notas de Vivaldi… Haydn… Bach… Beethoven… Manuel de Falla o Isaac Albéniz.
¿Matos se considera un intelectual? Él se juzga un investigador, si el término intelectual abarca a los investigadores, entonces lo es.
Hay un quinto rompimiento del que habla Matos y es el único que no puede concretar: el de la muerte, convocarla antes de que llegue. Sin embargo convive con la dama huesuda todos los dÃas a través de su trabajo. La muerte es uno de los tres temas que Matos investiga con más pasión. Los otros dos son el Templo Mayor y la historia de la arqueologÃa.
Actualmente está en el proceso de aprender a vivir la muerte: sabe que un dÃa todo acabará. Mientras… goza intensamente de los placeres de la vida: los libros, el vino, el tabaco, los amigos, la familia. Da continuidad al Proyecto Templo Mayor, prepara dos libros para El Colegio de México, participa en las reuniones de las academias a las que pertenece (la de Historia, la de la Lengua, El Colegio Nacional) y escribe discursos para agradecer preseas.