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Sábado 28 de noviembre de 2020

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Analizan importancia de la plata en Camino Real de Tierra Adentro

Analizan importancia de la plata en Camino Real de Tierra Adentro

Analizan importancia de la plata en Camino Real de Tierra Adentro

La plata sería no solamente el motor de la vida hispana y novohispana, sino también la que impulsaría el crecimiento de esta ruta histórica, hoy reconocida por la UNESCO

Cuando el Camino Real de Tierra Adentro surge, a mediados del siglo XVI, los colonizadores y sus aliados indígenas tenían dos misiones: llevar la fe a todo el territorio descubierto y hacerse de recursos materiales, los cuales incluían a la tierra que había que ir a descubrirla y hacerla parte de la Corona española, pero, sobre todo, las riquezas minerales: el oro y la plata.

Así, la plata sería no solamente el motor de la vida hispana y novohispana, sino también la que impulsaría el crecimiento de esta ruta a lo largo del norte del territorio.

En el marco de los 10 años de la inclusión de esta vía en la Lista de Patrimonio Mundial, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) organizó el conversatorio virtual “Camino Real de Tierra Adentro, hablando en plata”, trasmitido por el canal INAH TV en YouTube, como parte de la campaña “Contigo en la Distancia”, de la Secretaría de Cultura.

Sobre este itinerario cultural, con sus más de dos mil 600 kilómetros, el arquitecto Ignacio Gómez Arriola, del Centro INAH Jalisco, refirió que en la segunda mitad del siglo XVI, las tribus genéricamente llamadas chichimecas estaban levantadas en armas en lo que era la Nueva Galicia. El descubrimiento de las Minas Ricas de los Zacatecas propició la apertura de rutas (en territorios conocidos como llanos de los chichimecas) intermitentes para la dotación de suministros que, poco a poco, se fueron consolidando.

“A partir del territorio guanajuatense y ante la rebelión de los grupos indígenas no pacificados, se estructuró un camino real reforzado por un sistema de presidios de avanzada, siendo el más importante el de San José de Ojuelos, porque en los llanos chichimecas el tránsito era complicado, a diferencia de la Ciudad de México, Querétaro, Guanajuato y San Miguel de Allende, que eran lugares relativamente poblados”.

El medio de transporte en los territorios hacia el norte, dijo, era caminar sobre mulas o caballos, siendo 27 kilómetros lo que más se podía recorrer en un día, razón por la que, cada que se cubría este recorrido, se tenía que poner un lugar de resguardo de la plata, lo que generó ciudades como Aguascalientes o Encarnación de Díaz, que fueron parte de este sistema de postas o puntos de protección en el camino.

“Uno de ellos fue el Fuerte de Ojuelos, el cual fue edificado estratégicamente en un punto de intersección, ahí se cruzaban dos rutas: la que va a San Luis Potosí, y la que dirige Guadalajara. Ahí hubo una encrucijada de caminos, por lo que era importante tener una de estas postas en ese lugar”, expuso el investigador sobre este sitio fundado por Pedro Casillas de Ávila.

Para el historiador Limonar Soto Salazar, del Centro INAH Zacatecas, esta entidad tuvo una importancia toral en el Camino Real de Tierra Adentro, gracias al descubrimiento de lo que llamó “vetas argentíferas extraordinarias”, pues en el sur del territorio novohispano si bien ya había importantes yacimientos de plata, como Taxco, muchos de ellos habían llegado a sus límites de explotación, incluso, algunos estaban en decadencia.

“En 1546 fue cuando se logra este gran hallazgo, hacia 1547-48 se empieza a formar un incipiente campamento minero, que a la postre sería un real de minas, el Real de Minas de los Zacatecas”, comentó.

Aun cuando no estaba bien estructurado el camino hacia la Ciudad de México, en los primeros años de explotación el traslado del preciado mineral se hacía por una ruta que pasaba cerca de Guadalajara, por poblados entre lo que hoy es Zacatecas y Jalisco, en una geografía muy complicada de sierras y ríos, por lo que se buscó una vía más corta y fácil, que fuera directamente a la capital novohispana, pero cuyo trayecto cruzaba los llanos de los chichimecas.

En las postrimerías del siglo XVI, Zacatecas ya era una ciudad con barrios de indígenas de diversas procedencias, así como con habitantes de distintas partes del mundo que llegaban por la plata, lo que en ese tiempo la convertiría en una especie de Babel americana.

“Gente nacida o formada en Zacatecas o en Veta Grande, son quienes van y fomentan la colonización o la pacificación en distintos lugares, tenemos a los Caldera, los Zavala, en San Luis Potosí; Juan de Oñate, hombre nacido en Pánuco, fue quien realizó la gran empresa de colonización hacia Nuevo México”.

Relató que toda esa riqueza tenía que ser administrada, por lo que en la ciudad se estableció la Real Caja de Zacatecas, uno de los espacios donde se llevaba toda la cuenta y seña de lo que se producía. Otra institución era la Casa de Moneda, concebida a principios del siglo XIX, donde se acuñaba la plata, la cual fue la más importante del mundo, por lo menos, en la primera parte de la época decimonónica.

De acuerdo con el historiador Miguel Vallebueno Garcinava, del Centro INAH Durango, después de la Guerra del Mixtón, las regiones de Guadalajara y de Zacatecas tuvieron una participación más importante en la penetración del septentrión novohispano, siendo los españoles de la primera quienes mandaron una expedición hacia el norte, encabezada por Ginés Vázquez de Mercad, en la búsqueda de un potosí norteño, pues se mencionaba que hacia esos territorios había una montaña de plata, que tendría las mismas riquezas que el potosí del reino del Perú.

Tras el fracaso de la mencionada excursión, pues se trató de hierro el mineral encontrado, años más tarde, los mineros zacatecanos mandaron otra expedición encabezada por Juan de Tolosa, acompañado por el joven Francisco de Ibarra, sobrino del conquistador Diego del mismo apellido.

“A este viaje se atribuye el descubrimiento —hacia el norte— de una serie de reales de minas, entre las que van a destacar las de San Martín, Sombrerete, Chalchihuites, Avino y San Lucas, con lo que afianzan la gobernación de la Nueva Galicia en todos estos territorios”, narró Vallebueno.

En 1562, Diego de Ibarra logra que el virrey nombre a su sobrino gobernador de los reinos de la Nueva Vizcaya, con la encomienda de poblar los territorios más allá de Avino, donde está la gran Cópala y su laguna. La misión fracasa y quien la encabeza termina estacionado en la provincia de Chiametla, perteneciente a la Nueva Vizcaya, que se convertirá por algún tiempo en el motor económico principal, gracias al trabajo de explotación mineral que ahí se realiza.

Francisco de Ibarra toma posesión de una serie de lugares cercanos a estas minas, sin atreverse, en ese momento, a tomar posesión de las mismas. Establece la Villa del Nombre de Dios, en el límite entre las dos gobernaciones (Nueva Galicia y Nueva Vizcaya), y la Villa de Durango, fundada el 8 de julio de 1563, como parte importante para establecer el nuevo reino.

“A principios del siglo XVII, hay un avance de la minería hacia la parte este del Camino Real de Tierra Adentro, se establecen los reales de San Antonio de Cuencamé y Santiago de Mapimí, lo que generará la recuperación de la Villa de Durango, a tal grado que, para 1620, se le considera cabecera del obispado de la Nueva Vizcaya. Mientras que, en 1631, adquiere la categoría de ciudad, siendo una urbe administrativa, no minera”, puntualizó.

Para concluir el conversatorio virtual, la arquitecta Anaelí Chavira Cossío, del Centro INAH Chihuahua, habló del antiguo Valle de San Bartolomé, como un granero del Camino Real de Tierra Adentro. Detalló que, en la época novohispana, esa cuenca (hoy de Allende) era una zona poblada por indios conchos, quienes habitaban cerca de la ribera del río que les daba nombre. En 1574, se fundó la misión de San Bartolomé, y a un lado se estableció —en Santa María— el primer pueblo de indios, administrado por misioneros franciscanos.

Tras el fracaso de la expedición y conquista de Nuevo México, encabezada por Juan de Oñate, varios de los integrantes de esa misión, al darse cuenta de que no sería la minería la riqueza que en esos territorios encontrarían, regresan a la zona de los valles para establecerse, dando lugar a un asentamiento.

“Así, en el Valle de San Bartolomé y otros lugares, los franciscanos desarrollaron una zona vitivinícola. Entre los siglos XVII y XVIII, en toda la zona alrededor de la cuenca del río había cerca de 32 haciendas produciendo, entre ellas destacaba las de San Gregorio, San Miguel y El Rosario que, como muchas de la región, no tenían una gran extensión, a diferencia de las establecidas al sur y centro-norte de México”, finalizó.


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