La IA exige rediseñar las organizaciones, no solo adoptar tecnología, plantea Matías Torcivia de EPAM

El directivo señaló que las empresas que limitan la IA a mejorar la eficiencia operativa solo capturan una fracción de su impacto, y que quienes intentan ejecutarla sobre procesos e infraestructura existentes no alcanzan todo su potencial. Como respaldo citó el Work Trend Index 2026, según el cual los factores organizacionales como la cultura, el apoyo del liderazgo y las prácticas de talento tienen el doble de peso que el esfuerzo individual en el impacto reportado de la IA.
A partir del trabajo de EPAM con organizaciones en transformaciones complejas, Torcivia identificó un patrón recurrente: la IA suele exponer una “deuda organizacional”, entendida como el impacto acumulado de datos fragmentados, procesos desconectados, responsabilidades poco claras, sistemas heredados y modelos operativos que esfuerzos previos no resolvieron por completo. El mayor desafío, añadió, rara vez consiste en desarrollar modelos o identificar casos de uso; la complejidad aparece cuando la IA debe integrarse en organizaciones donde los datos permanecen fragmentados y las decisiones se distribuyen entre múltiples silos.
Escalar la IA requiere, desde su perspectiva, rediseñar los procesos antes de automatizarlos, conectar datos y aplicaciones, incorporar seguridad y gobernanza desde el inicio y medir el progreso con resultados de negocio concretos. También implica un cambio en el liderazgo, que ahora debe gestionar inteligencia distribuida además de recursos, procesos y personas. El valor de la IA, afirmó, no reside en reemplazar el talento, sino en ampliar su capacidad para enfocarse en el juicio, la creatividad, el pensamiento estratégico y la resolución de problemas complejos.
Sobre los agentes inteligentes, Torcivia explicó que, a diferencia de los asistentes conversacionales, pueden ejecutar tareas, coordinar procesos, tomar decisiones e interactuar con múltiples aplicaciones con distintos niveles de autonomía. Su adopción, dijo, exige modelos de gobernanza con seguridad, privacidad, trazabilidad, supervisión humana y responsabilidades claras, y obliga a reconsiderar cómo se distribuye el trabajo entre personas, sistemas y agentes. El mayor riesgo, concluyó, no es adoptar tarde las tecnologías, sino competir con estructuras organizacionales diseñadas para un mercado que ya no existe.
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