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Novedad editorial reúne historias insólitas de la embrionaria arqueología mexicana
turismo - 2018-03-06
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Novedad editorial reúne historias insólitas de la embrionaria arqueología mexicana

Lo sabemos: cualquier antiguedad es, sin reservas, ese oscuro objeto de la curiosidad que invoca tanto a nuestra razón como a nuestra imaginación…, expresa el arqueólogo Leonardo López Luján, quien motivado por su propia pasión hacia el pasado escribió 27 ensayos que hurgan en los orígenes de su quehacer, historias insólitas de la embrionaria arqueología mexicana que ahora aparecen compiladas para el conocimiento y disfrute de cualquier lector bajo el título: Arqueología de la arqueología.

La mayoría de estos artículos apareció en la revista Arqueología Mexicana, cuya editorial Raíces ha sacado a la luz esta nueva publicación; otros textos más fueron publicados en distintos números de Estudios de Cultura Náhuatl y en Artes de México. Cada escrito se presenta con una versión corregida y aumentada. Dibujos, grabados, fotografías, documentos inéditos y las historias mismas “invitan a reconsiderar muchos periodos del desarrollo de la arqueología en nuestro país”.

Estas entregas, según cuenta el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), comenzaron hace tres lustros. En varias ha tenido de partenaires a historiadores, arqueólogos, antropólogos y restauradores, como Eduardo Matos Moctezuma, Alfredo López Austin, Saburo Sugiyama, Xavier Noguez, Amaranta Arguelles, José María García, Marie-France Fauvet-Berthelot, Sonia Arlette Pérez, Gabriela Sánchez Reyes, Maria Gaida y Laura Filloy.

Siguiendo las huellas de grandes maestros como Ignacio Bernal, Carlos Navarrete y el propio Eduardo Matos, entre otros, el director del Proyecto Templo Mayor ha realizado sus propias búsquedas para llenar, en lo posible, el hueco historiográfico que existe sobre la arqueología en México. “Lo que encuentro es lo que ellos ya habían descubierto, que la historia de esta disciplina es una verdadera mina de oro y que hay muchos aspectos que quedan por explorar, por cubrir”, comenta.

El origen de cada una de las 27 historias que componen Arqueología de la arqueología —continúa Leonardo López Luján— “demuestra que los grandes descubrimientos no sólo se dan en campo, sino también en nuestros archivos, de ahí la importancia de conservarlos y darles la jerarquía que tienen, como es el caso del Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología, que es uno de nuestros grandes tesoros”.

El doctor en Arqueología por la Université de Pais Ouest Nanterre, explica que no fue fácil la tarea de rastrear documentos en el Archivo General de la Nación de México, en la bodega del Museo de Historia Natural de Nueva York o en los repositorios de la Biblioteca Nacional de Francia. Así fue adentrándose en la época de los “primeros balbuceos” de la ciencia arqueológica en la entonces todavía Nueva España, donde en las últimas décadas del siglo XVIII empezó una efervescencia por los vestigios del “tiempo de la gentilidad”.

“Un personaje central es Carlos de Siguenza y Góngora. Se tiene conocimiento que hacia 1675, él hizo excavaciones en Teotihuacan, no sabemos exactamente de qué tipo ni sabemos de forma fehaciente si las realizó en la Pirámide del Sol o en la Pirámide de la Luna. Poco importa. Lo trascendente es que hizo estos trabajos para resolver una incógnita, si las pirámides estaban o no huecas en su interior, si había sepulcros dentro de ellas. Es una noticia indirecta y por eso se le atribuye a él este papel fundacional.

“Sin embrago, me iría mucho más allá en el tiempo y traería a la memoria las excavaciones que realizaron, por ejemplo, diversas culturas del periodo Clásico, mayas, teotihuacanos, en sitios olmecas del periodo Preclásico. O bien, las exploraciones que hicieron los mexicas, los tlaxcaltecas, los tlatelolcas en Teotihuacan, Tula, Xochicalco, en busca de reliquias, de amuletos, de antiguedades que ellos consideraban obra de gigantes, de dioses o de seres portentosos. Desde allá viene esa fascinación por el pasado, desde los tiempos prehispánicos, en los cuales todas estas antiguedades se recuperaban, se les daba un nuevo valor, una nueva significación, y eran reutilizadas en otros contextos”.

Un caso prototípico, dice, es el Templo Mayor, donde los arqueólogos han descubierto en contextos del siglo XV, reliquias del siglo VIII a.C., o del III d.C., testimonio de las actividades “sustractivas” que llevaron a cabo los mexicas en monumentales urbes abandonadas. En la propia zona arqueológica, a manera de una evocación arquitectónica del pasado, se distribuyen templos neoteotihuacanos, recintos neotoltecas, esculturas neoxochicalcas. Asimismo, en su arte escultórico, los mexicas insinuaban estilos de las civilizaciones ya desaparecidas.

Algo no muy lejano, si se considera que la arquitectura moderna y contemporánea de México sigue encontrando en los monumentos prehispánicos una fuente de inspiración, ahí están los diseños de los años 30 del Palacio de Bellas Artes que emulan los mascarones del Codz Pop de Kabah o el patio del Museo Nacional de Antropología como una alegoría del Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal.

Una ciencia que nació entre tertulias

Como señala Leonardo López Luján en su libro, “antes de la Ilustración, la reliquia era considerada un objeto singular, precioso, emotivo, sacro, sobreviviente de mundos desaparecidos y, por tanto, digno de ser coleccionado”.

Un ejemplo de hombre de la Ilustración fue el capitán de dragones luxemburgués Guillermo Dupaix, quien en 1794, realizó bocetos y la descripción de 19 objetos arqueológicos con ayuda del pintor José María Polanco, además de haber emprendido varias expediciones, primero financiadas a su costa y luego por la Corona española.

“A fines del siglo XVIII, en la Ciudad de México, Dupaix se encontró con grandes sabios como Antonio de León y Gama, aficionados como el abogado José Ignacio Borunda, interesados y coleccionistas como Bernardo Bonavia, quien dirigía los destinos de la urbe, mecenas como el virrey Segundo Conde de Revillagigedo, etcétera, todo un grupo de personas que organizaban tertulias y en algún momento compartían su afición: se prestaban sus colecciones de piezas prehispánicas, unos las dibujaban, otras las describían.

“Algo similar ocurrió hacia 1829, también en la Ciudad de México. Destacados viajeros que venían de países como Suiza, Alemania o Austria, pero que tenían el alemán como lengua común, me refiero a Lukas Vischer, Jean-Frédéric Waldeck, Carl Nebel, Maximilian Frank, Carl Uhde y Johann Moritz Rugendas, contribuyeron a la evolución de la ciencia arqueológica. Casi todos eran grandes artistas, dibujantes, pintores, y con interés común por la antiguedad”.

Todas estas historias nos explican mucho no sólo de la ciencia arqueológica, sino también de nuestro pasado, refiere López Luján. Arqueología de la arqueología aborda cómo se exploraron y se descubrieron sitios como El Tajín, Teotihuacan, Xochicalco; el peregrinaje de la Piedra del Sol, las distintas caras de Coyolxauhqui, cómo una “pirámide veracruzana” pudo ser el pedestal de la Estatua de la Libertad; o la misión encomendada en 1826 al diplomático Thomas Murphy: recuperar un lote de antiguedades puesto a la venta en París.

Quien lea Arqueología de la arqueología, concluye su autor, “caerá en cuenta que no hay héroes de la arqueología, sino conjuntos de investigadores que están al unísono tratando de develar qué sucedió en el pasado. Es lo que hoy se denomina dentro de la ciencia, redes de conocimiento. La arqueología es una ciencia social, pero sobre todo colectiva, y somos un peldaño más en una larguísima historia y siempre es una gran guía ver de dónde venimos, quienes fueron nuestros antecesores y cuáles fueron nuestros orígenes”.


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