La dieta mediterránea es un patrón de alimentación inspirado en las costumbres tradicionales de países que rodean el Mar Mediterráneo, como España, Italia y Grecia, donde durante décadas se observó una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares y una mayor esperanza de vida, de acuerdo con la maestra Paulina Elizabeth Ochoa Moreno, profesora de la carrera de Ciencias de la Nutrición de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Este patrón se caracteriza por un alto consumo de alimentos de origen vegetal, como frutas y verduras de temporada, consumo frecuente de leguminosas como lentejas y garbanzos, cereales integrales, frutos secos y semillas; el aceite de oliva extra virgen como principal fuente de grasa; un consumo frecuente de pescado y mariscos; cantidades moderadas de lácteos, principalmente yogur y queso, y un consumo limitado de carnes rojas, alimentos ultraprocesados y productos con alto contenido de azúcares añadidos, incluyendo bebidas.

De acuerdo con la especialista, gracias a su elevado contenido de fibra, vitaminas, minerales y compuestos antioxidantes, la dieta mediterránea favorece una microbiota intestinal diversa y equilibrada, elemento fundamental para una adecuada digestión y para el fortalecimiento del sistema inmunológico. Los antioxidantes presentes en frutas, verduras, aceite de oliva y frutos secos ayudan a disminuir el daño ocasionado por los radicales libres y reducen los procesos inflamatorios del organismo.

Ochoa Moreno señala que numerosas investigaciones han demostrado que seguir este patrón alimentario se asocia con beneficios como la disminución del riesgo de enfermedades cardiovasculares, mejor control de la presión arterial y del colesterol, y menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. También favorece un peso corporal saludable cuando se acompaña de hábitos adecuados, contribuye a mantener una microbiota intestinal diversa y saludable gracias a su alto contenido de fibra, y puede ayudar a preservar la función cognitiva y reducir el riesgo de deterioro asociado al envejecimiento.

Asimismo, indica que otros estudios han señalado efectos positivos sobre la salud cerebral. El consumo habitual de ácidos grasos omega-3 provenientes del pescado, junto con los antioxidantes y polifenoles presentes en el aceite de oliva y otros alimentos vegetales, puede favorecer la conservación de la memoria, la atención y otras funciones cognitivas, disminuyendo el riesgo de deterioro cognitivo asociado al envejecimiento.

La dieta mediterránea se puede adaptar a la gran variedad de alimentos disponibles en México y adoptarla como un estilo de vida para mejorar la salud, según la profesora de la UAG. Su éxito radica en promover un equilibrio entre alimentación, actividad física y convivencia, añade.